Francisco

Un signo de esperanza
Francisco
Sello: Lumen
ISBN: 978-987-00-1027-2
Páginas: 212
Año: 2013
Autor: Jesús María Silveyra
Disponibilidad: Disponible
Precio: u$8,00
Cant.:  

“Fumata blanca. Habemus Papam. Cuando lo vi por televisión no lo podía creer. Pero salió al balcón, esbozó una grata sonrisa ante la multitud reunida en la plaza de San Pedro y tomé conciencia que se trataba de él, de monseñor Jorge Mario Bergoglio, argentino, jesuita, de setenta y seis años, nacido en el barrio de Flores, simpatizante del club San Lorenzo, arzobispo de Buenos Aires. Un hombre de carne y hueso, sencillo  y austero, amante del futbol y el tango, que solía viajar en subterráneo o colectivo por la ciudad. Criticado y resistido por muchos en la Argentina. Porque habla de frente y dice cosas que algunos no quieren escuchar. Claro: ‘nadie es profeta en su tierra’. Sus primeras palabras, una vez electo como nuevo Pontífice, se refirieron a que los cardenales lo habían ido a elegir al ‘fin del mundo’. Después, hizo un gesto de humildad, pidiendo la bendición del pueblo de Dios antes de dar la suya. Todo un cambio de actitud, que siguió con su rechazo a vivir en el Palacio Apostólico, abandonar el pectoral de oro y romper con el protocolo, acercándose de manera distinta al pueblo de Dios.

La elección de Francisco es un ‘gran signo de esperanza’, tanto para la Argentina como para la Iglesia y el mundo. Para la Argentina, porque será una fuente de luz que ilumine nuestro camino desde afuera y ya no podrán ignorarlo. Para la Iglesia, porque reúne las condiciones para iniciar los cambios necesarios en los tiempos que se viven, alentando a los cristianos a ir hacia las periferias de la pobreza y el sufrimiento, anunciando la Buena Noticia y tomando conciencia de que ‘el verdadero poder es el servicio’. Para el mundo, dada su vocación ecuménica y propicia para el diálogo interreligioso, que puede contribuir a la formación de una ‘cultura del encuentro’ y a la renovación de la búsqueda de lo trascendente, en un mundo que parece vacío de respuestas. Francisco ha venido a encender un fuego nuevo y eso debe ser motivo de alegría y esperanza. De allí, las ganas de escribir este libro, trazando un semblante de su vida, su pensamiento y la forma en que llegó a ser elegido, por la misteriosa gracia de Dios”.

Capítulo
Capítulo
VI HABEMUS PAPAM
  
Un rato antes de que el humo blanco saliera de la
Capilla Sixtina, anunciando la elección del nuevo
Pontífice, una gaviota se posó sobre su larga chimenea
de bronce. Luego, se dijo que el ave era de la especie “larus
argentatus”, y que argentatus hacía referencia a un color, en la
heráldica europea, derivado del color plata o argentum, lo mismo
que el nombre del país de donde era oriundo el Papa electo:
Argentina. ¿Mera casualidad, obra del Espíritu Santo, coincidencia,
sincronismo o misterio? Un poco de todo ello, como si Dios,
con su inmenso poder y gloria, regalara un signo adicional, no
sólo al mundo, sino especialmente a los argentinos. Ya que, efectivamente,
el nombre de nuestro país se deriva de argentum (plata)
y del “Río de la Plata” con el que Sebastián Caboto, en 1527,
nombró al enorme estuario (el río más ancho del mundo) porque
pensó que, trasponiendo su desembocadura, encontraría la
famosa “sierra del Plata”, donde vivía “el rey blanco”, y de la que
tanto habían hablado los primeros españoles arribados a
Sudamérica con Juan Díaz de Solís. Pero lo cierto fue que en
nuestras tierras no había oro ni plata, sino una inmensa pampa
desolada, recostada y dormida sobre un río barroso, cuyo lecho
se llenaba de arena y limo, traídos por dos ríos conocidos como
Paraná y Uruguay.
Después de la quinta votación y de que la simbólica gaviota
volase abandonando aquella chimenea, surgió el humo, gris al
principio, que fue convirtiéndose poco a poco en blanco, al tiempo
que las campanas de la basílica de San Pedro comenzaron a repicar y la gente, 
reunida en la plaza, supo que el Papa había sido elegido.
Ya era de tarde y garuaba sobre la milenaria plaza donde
otrora funcionó el circo de Nerón, sobre la colina del monte
Vaticano, en la que san Pedro, hijo de Simón y escogido por
Cristo para ser la piedra sobre la que construiría su Iglesia, fue
crucificado boca abajo, porque no se sentía digno de morir como
su Maestro. Eran las 19.06 del miércoles 13 de marzo de 2013,
durante el segundo día del cónclave. La gente, ladeando los paraguas,
dejó de mirar el humo y se concentró en el balcón, porque
por allí aparecería el nuevo Santo Padre.
¿Quién será?, se preguntaban los romanos y los peregrinos
que tenían la fortuna de presenciar aquel momento de tanta
importancia para la Iglesia y el mundo. ¿Será Angelo Scola, el
cardenal italiano que fuera obispo de Venecia y ahora lo era de
Milán? ¿Será Odilo Scherer, el renombrado arzobispo de San
Pablo, que viene del lejano Brasil? Claro, eran los dos grandes
candidatos. Los ciudadanos de Roma, se dirían unos a otros que,
esta vez, la sede de Pedro volvería a recaer en un italiano. No
podía ser de otra manera, luego de haber tenido un Papa polaco
y otro alemán. Ya no era posible escoger a uno que no fuera de
Italia, porque si había problemas con la curia y el banco del
Vaticano, ¿quién, sino un italiano podría resolverlos?
Pero algunos peregrinos dirían que era tiempo de salir de
Europa y escoger a alguien venido de América, donde se concentraban
el cuarenta y nueve por ciento de los católicos de todo el
mundo, siendo Brasil el país con mayor cantidad de fieles. Por
esa razón, sería conveniente escogerlo del Nuevo Mundo, porque
allí también la Iglesia venía perdiendo fieles de a millares, no
sólo por el secularismo y consumismo, sino por el avance de los
evangélicos y de aquellos líderes populistas que usaban la religión,
mezclándola con la política, hasta convertirla en un viejo
mito del que podían extraerse sincretismos diversos, como el de
la imagen de Hugo Chávez colocada en los rosarios.

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